jueves, 6 de mayo de 2010

La maternidad de María

"Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él, no perezca, sino que tenga vida eterna", nos asegura San Juan el apóstol en su evangelio (Juan 3:16). Sin embargo, el amor de Dios llegó más lejos aún, nos dio a su Santísima Madre María, como madre nuestra. Le dijo Cristo a Juan desde la cruz: "Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego le dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre." (San Juan 19:26).
¡Qué poco comprenden muchos cristianos el alcance de esas palabras! María, Madre de Dios, es también madre de todos los mortales para toda la eternidad. Sin embargo, no pocos rechazan esa maternidad o son indiferentes a ella. Inclusive muchos católicos, en su afán de lograr un falso ecumenismo, restan importancia a esas palabras de Cristo o las pasan por alto. Otros cristianos creen que se refieren a la preocupación de Cristo por las necesidades materiales de su madre en esta tierra y que deseaba estar seguro de que ella sería bien atendida cuando faltara él. ¿Pero acaso Cristo, que nos había enseñado: "No se preocupen por lo que van a comer o beber para vivir, ni por la ropa que han de ponerse"(Mateo 6:25), podía contradecirse a sí mismo? El que había sido capaz de multiplicar los panes y los peces para alimentar a multitudes antes de morir, ¿no sería capaz de cuidar de su madre después de su muerte y resurrección?
Cristo nos enseñó a mirar más allá de lo material, buscando "primero el reino de Dios" y confiando en la Divina Providencia. Entonces pues, si lo que le preocupaba a Cristo en aquellos últimos instantes de su vida en la tierra, no eran las necesidades físicas o materiales de su Santísima Madre; tenemos que admitir que nos estaba extendiendo una invitación a todos los mortales, para que amáramos a María como madre nuestra, y a ella acudiéramos como intercesora ante Dios y mediatriz de todas las gracias. Ya Cristo nos había dejado como ejemplo su primer milagro en las Bodas de Caná (San Juan 2: 1-11), para mostrarnos que una petición de labios de su madre inmaculada y pura, jamás quedaría por contestar.
En su aparición en París (1830), durante la cual la Santísima Virgen María dio al mundo la "medalla milagrosa", ella lucía en cada uno de sus dedos, tres anillos que emitían brillantes rayos de luz. María le explicó a la vidente Santa Catalina de Labouré, que los rayos que emanaban de cada una de las piedras preciosas de sus anillos, representaban las gracias que obtenían todos aquellos que se las pedían, y que las piedras que no emitían rayos de luz, representaban las gracias que las almas hubieran podido obtener si se las hubieran pedido. ¡Cuántas gracias dejamos de obtener, porque no se las pedimos a María!
El mensaje principal de aquella aparición fue expresado claramente por Santa Catalina Laboré durante su recuento: "Esto (lo dicho por la Santísima Virgen), me hizo comprender lo bien que hacemos en rogarle a la Bienaventurada Virgen María; ¡cuán generosa es ella para aquellos que le piden, y el gozo que ella recibe al otorgar las gracias!"
Te agradecemos Señor, que nos hayas dado a María como madre nuestra. Ayúdanos a conocerla y amarla cada día más, para que de la mano de ella nos hagamos "como pequeños niños", y así podamos llegar algún día a la casa de nuestro Padre Celestial.

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